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La frustración es un estado de decepción producido cuando algo deseado resulta imposible de conseguir por diferentes motivos. Conlleva una fuerte carga emocional y se experimenta como una situación penosa o desagradable.
Esta carga emocional es experimentada de manera diferente para cada persona y el umbral de tolerancia es variable.
Desde pequeños vamos aprendiendo a tolerar las frustraciones. Observamos que cuando un niño desea ser satisfecho en alguna necesidad, lo desea en forma inmediata y le resulta muchas veces intolerable la espera que la realidad impone.
Lo cierto es que ayudados por sus padres y aprendiendo a conocer sus propias limitaciones, van también aprendiendo a esperar y a tolerar aquellas cosas que no suceden de acuerdo a sus deseos.
Siguiendo un desarrollo evolutivo normal, poco a poco van acomodando la satisfacción de sus necesidades y deseos a la realidad.
Pero como señaláramos antes, existen personas cuyo nivel de tolerancia es mínimo. De algún modo se comportan como niños caprichosos llegando incluso a percibir las frustraciones como una ofensa personal o actuando para satisfacer sus deseos y necesidades sin tomar en consideración a los otros, comportándose de un modo desconsiderado hacia sus semejantes.
Generalmente la frustración desencadena alguna conducta que intenta, de algún modo, suprimir la situación frustrante.
Describiendo los procesos de un modo sencillo, señalaremos 3 tipos de conducta posibles frente a la frustración.

  • respuesta de ataque y agresión. La persona arremete contra aquello que lo frustra.
  • Respuesta de huida. La persona huye de la frustración, intenta  evitarla, pero no consigue resolverla
  • Respuesta de sustitución es la única reacción apropiada. La persona sustituye la situación que la frustra por otra que no le provoque esos sentimientos
 
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